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domingo, 27 de septiembre de 2009

Cuando los cocodrilos lloran


Ver llorar a Miguel Bosé y a Juanes ante las "presiones" del gobierno castrista por no dejar que nadie llegue a su "concierto" (ahora a cualquier payasada se le llama así) sin vestir una camiseta blanca, ha sido una muestra más de lo manipuladora que puede llegar a ser la farándula de estos tiempos. Se imaginan como llorarían si de verdad tuvieran que soportar lo que millones de cubanos sufren a diario con ese despreciable gobierno?
Bien decía Herman Hess que estamos ante panfletarios que se hacen llamar artistas. Cuando ya todo lo mejor de la creación artística se ha dado y cuando necesitaríamos de miles de años para contemplarla, leerla, estudiarla y regocijarnos sin temor a saciar nuestros maravillados ojos y oidos, cuando Miguel Angel, Mozart, Van Gogh, Shakespeare, Whitman, etc, etc, nos han dado inenarrables muestras de verdadero genio creador de belleza, pensar que en estos tiempos cualquier pedazo de imbécil se autoproclama "artista" suena a burla, muy pocos nacidos el siglo XX podrían llamarse tales, pero gente tan estúpida que hace esculturas de latas de cerveza o que pinta vacas de colores y un ejército de mongoloides que insisten en llamar arte a cuatro estrofas tan cojudas como las que se pueden leer en canciones de Juanes y Bosé, no hacen mas que confirmar que somos una sociedad adormecida y atontada por la sensiblería.
Y como estamos en el reyno de los imbéciles, estos cocodrilos con guitarra, no dudan en llorar ante cámaras sólo para volver a ganarse las simpatías de los que rompieron sus discos en Miami, porque ahí, en esa bella ciudad del sol, es donde estos papanatas viven, con aire acondicionado, sin castristas intolerantes, y con luz eléctrica 24/7, y como es lógico y humano, quieren seguir viviendo ahí en paz, no en La Habana, allá, ni hablar.

Su "concierto por la paz" no fué otra cosa que una cabronada (para usar una palabrita en boga), en lugar de entonadas y prodigiosas voces, oímos una sucesión de chillidos y eructos, un esfuerzo marica y solapado por conseguir más donaciones de fundaciones europeas progresistas. Ir a dárselas de libertarios entonando sonsonetes ante una muchedumbre hambrienta de algo de diversión ( y de muchas cosas más), zurrarse en todo los ritmos ante el pedido de no hacerle el jueguito a ese escatológico régimen asesino. Ayudarlo a lavarse un poco la cara, sobre todo ante los ojos de los miles de jovenes despistados que pululan hoy por hoy, no son otra cosa que lágrimas de cocodrilo. Les importa un pito si esa gente que los fué a ver eran los soplones del barrio (dizque guerdianes de la revolución), los mismos que son capaces de "echar" hasta a sus propios familiares si osan rajar del decrépito dictador, todo para ganarse una ración adicional de su cuota mensual de frejoles.

Y por estos lares no falta el cocodrilo que acusa a fantasmagóricas voces amenazantes de estar asociadas a algún vecino harto de las cacas y el ruido de perros que seguramente, para el cocodrilo, valen más que miles de policías y militares.
Yo, a los cocodrilos llorones, no les creo nada.